domingo, 27 de febrero de 2011

Remordimiento en mis pensamientos.

Ocurrió lo que yo ya esperaba desde hace tiempo ... Mis labios emitieron un pequeño respiro ante los suyos y con ello el acercamiento se hizo más estrecho. Pero ...


¡Pero que estoy haciendo!. Aparté mi cabeza, que estaba delante de la suya, antes de que ocurriera lo inevitable, para no estar arrepintiéndome toda una vida.


-¿Qué ocurre? - me preguntó ante el plantón que le dí en medio de una situación vergonzosa pero a la vez romántica.


-Nada, no ocurre nada. Tienes que marcharte - contesté más nerviosa de lo normal.


-¿Así sin más?. Beth no quiero hacerte sentir incómoda. Si quieres que me vaya me iré - me sonrió mientras me cogía de la mano.


No le soportaba. No sabía que hacer. Besar o no besar esa es la cuestión. Parecía aquel indeciso Hamlet, en versión femenina. Insegura. Esa es la palabra. Me sentía confusa. Esta relación no iría a ningún lado. De todos modos "tampoco quiero tener que ver a mi pareja a sol y a sombra" - me recordé a mi misma. Estamos en el mismo trabajo, en la misma oficina y uno a la otra punta del otro, creo que eso es lo más lejos que llegaríamos a estar.


-Sí por favor vete - le indiqué con el dedo índice la puerta sin apenas mirarle a los ojos. No podía echar a una persona a la que le tenía tanto odio pero a la vez tanto ... ¿cariño?. La verdad que soy una inexperta a la hora del romance. Sólo quería ponerle a prueba pero creo que la única que se puso a prueba soy yo. "Estúpida" me repetí una y mil veces en sólo milésimas de segundo.


-De acuerdo si es lo que quieres acato las normas ya que esta casa no me pertenece y por lo que parece no soy tampoco bienvenido - contestó con resignación.


Yo hice caso omiso a sus palabras. Se fue a mi dormitorio, cogió todas sus pertenencias, que no eran muchas, y se dirigió a la puerta, a la misma puerta en la que me encontraba yo con ella abierta y invitándole a salir, por la que salió ileso.


-Hasta mañana. Nos veremos en la oficina - y me prendió un beso en la mejilla, cosa que a mi ni me gustó pero que tampoco me disgustó.


Me quedé perpleja y ello me hizo que no pudiera emitir casi ni un suspiro por mis labios. Vi como se marchaba debido a mi dejadez. Sabía que no iba a decir nada, que era demasiado tímida y que aquello que hizo no me gustó. A su marcha fui cerrando poco a poco la puerta y algún que otro pensamiento mal intencionado por parte de mi pequeño seso ingenioso me hizo pensar que si él me había traído a casa en mi coche ¿cómo se irá él a la suya?.


Sin más dilación fui corriendo a mi habitación cogí algún que otro vaquero de pitillo, una camiseta mal puesta y mis botas militares color beige y rellenas de algodón por dentro. Salí de casa con las llaves del coche en el bolsillo de mi pantalón y casi a la velocidad de la luz fui bajando las escaleras saltando cada dos escalones para llegar antes que él a donde fuera. Salí del portal y un viento que provenía del oeste atizó mi pelo enmarañándolo y impidiéndome ver más allá de mi cabello. Pero yo fui más ingeniosa abriendo un orificio, apartando mi melena con las dos manos. Y así pude ver por donde iba. Estaba casi cruzando la esquina de mi calle y ello me hizo que corriera como si la vida se me fuera en ello.


-¡Dan espera! - grité y todo el mundo me miraba pero me daba igual - ¡Dan! - no escuchaba mis llamadas desesperadas por lo que tuve que aumentar la velocidad a pesar de que nunca he sido buena atleta.


Le alcancé, ya que él iba caminando y yo corriendo tras él. Tal fue la velocidad que no pude pararme para evitar chocarme contra él, pero la humedad que tenían las aceras hizo que me resbalase con tal mala suerte que le dí con las botas en la pierna y ello hizo que se desestabilizara y cayera a la misma altura en la que me encontraba yo: el suelo


-¿Qué haces Beatrice? - preguntó levantándose y tendiéndome la mano para que yo también pudiera incorporarme sin volver a caerme.


-Voy a llevarte a casa. Sería muy egoísta por mi parte que tú me trajeras ayer  a la mía y yo dejarte ir en cualquier autobús o boca de metro - contesté casi con arrepentimiento.


-Como quieras, pero que conste que yo no te obligo - en ese momento no me pareció tan insoportable. Estaba hablando con una persona y no con aquel Dan que era una alimaña - ¿no tienes frío? - me hizo esa pregunta mientras se quitaba el abrigo para dármelo a mi, puesto que iba en mangas cortas y que debido a la velocidad con la que corrí para alcanzarle antes tenía los pelos de punta, la piel de un muerto y los labios congelados haciendo que mis dientes tiritasen provocando un sonido charrasqueante.


-Gracias - conseguí decir antes de que él pusiera su chaqueta en mis helados hombros.



-No hay de qué, vámonos antes de que te tenga que meter en una chimenea para descongelarte.

El dolor de una despedida.

-¿De verdad tienes que irte?.

-Sí.

-¿Por qué? - pregunté entre lágrimas.

-Porque es mi deber, porque no puedo evitar lo inevitable, porque aún dependo de los demás.

-Depende de mí. Yo nunca te dejaré a las afueras de mi corazón.

-No puedo, lo sabes, no me obligues a elegir. No me pongas entre la espada y la pared, sabes que no puedo.

Así mis sollozos comenzaron a nublar mi vista. Las lágrimas hacían una competición en mis mejillas para ver quien era la que antes caía al suelo o simplemente empapaba sus sienes para que se diera cuenta de mi dolor, de mi dolor causado por su pérdida, por aquella despedida no deseada.

-Desayunemos juntos. Así me sentiré menos culpable de no tener las suficientes fuerzas para ver como te vas de mi lado.

-De acuerdo - contestó sin casi hacer caso a aquel "me sentiré menos culpable", o simplemente no quería hacer hincapié en ella.

Levantados nos dirigimos hacia la cocina. Hacia una triste y solitaria cocina que me haría compañía en mi soledad. Saqué unas magdalenas y de repente me acordé de aquel "lloras más que una magdalena"pero no quería seguir llorando, quería que me viera feliz, que me viera dicharachera. Aunque de ello dependiera alguna que otra sonrisa forzada.

Mis ojos estaban frotados por la manga de mi pijama. Me dolían, me escocían, pero eso ahora no importaba. Sólo quería estar a su lado, sólo quería mirarle a aquellos ojos color verde avellana y sentir aquel cosquilleo que hacía que mi corazón diera un vuelco.

Al finalizar el desayuno nos incorporamos, nos abrazamos y callamos. No queríamos hablar o simplemente no teníamos nada que decir. No lo sé. Tampoco me importó. Sólo recuerdo sus brazos alrededor de mi cintura y mis manos acariciando su pelo sedoso y rizado causado por una noche revolcándose entre las sábanas para poder coger el sueño y levantarse con ánimo para consolarme con sus palabras.

-No llores - me decía hace unos minutos. Antes de irnos a desayunar e incluso antes de despertarnos - no me lo merezco.

-No lloro por ti. Lloro porque te marchas - fue mi contestación a su "no me lo merezco". Muy imbécil por tu parte. Se merece eso y todo lo demás. Se merece una flor caída del cielo o una constelación que lleve su nombre.

Sus fornidos brazos apretaban más mi cintura acercándome más y más a él. Sólo quería sentir su calidez, que su aliento húmedo chocase con mi pelo y que el palpitar de su corazón hiciera brotar al mío que parecía que no existía desde que me dijo "me voy".

La separación entre los dos me percató de que se le hacía tarde y no sé que fuerza interna me hizo que no le dejara  alejarse de mí. Pero sin duda un intento sin triunfo, sólo se quedó en eso: en un intento.

Llegó al salón dónde tenía aquella bolsa que en ocasiones ya había visto. Siguió recogiendo sus cosas. Sacaba conversaciones sin sentido y yo, de la misma manera, le contestaba sin amago de felicidad. Solamente me senté y observé cada movimiento y cada pisada que daba, porque esa sería la última que viera hasta dentro de mucho tiempo.

Al fin llegó. Se acercó el momento de decirnos "adiós" y de seguir tan felices ... ¡Que absurdo!.

-Te quiero pequeña - me dijo mientras besaba mi frente y acariciaba mi cabello con una ternura que en aquellos momentos hubiera sido inexplicable.

-Yo también amor mío.

Sin más, y de nuevo, el uno se desprendió del otro. No sé porqué en ese momento imaginé un divorcio, porque era lo que más se le parecía, pero con la diferencia de que aún nos seguíamos queriendo y de que ninguno se había intercambiado por otro ser que pisase la Tierra.

Ahí quedó su partida. Y ahí empecé a marchitarme cual flor en el desierto. Me quedé un momento en el marco de la puerta y emanaron de nuevo las lágrimas. No podía ver como se marchaba y quedarme sin salpicar gotas saladas por mis ojos para de nuevo hacer una carrera de campeonato.

Fue como una patada en el corazón y un impulso de mis latidos que hacían a la sangre bombear más allá de sus posibilidades. Huele. Huelo a algo llamado nostalgia.

sábado, 26 de febrero de 2011

El día de mi perdición.

Pido pocas cosas a la vida y mira como me recompensa lo buena y caritativa que soy. Ahora cada vez más porque bueno ... porque me sale del alma, por no decir de otro sitio.


Como ya dije mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo, esa cosa tan ... ese que me da tanto ... le tengo un ... ¡uff!. No me salen ni las palabras. ¡Le odio, le odio, le odio!, y encima ¡PARA COLMO! está ahí espatarrado en mi cama como si esta casa fuera la suya, porque ¿no lo es verdad?. Hice un breve reconocimiento girando la cabeza de un lado para otro y fijándome en todos los rincones. No, definitivamente es mía, más que nada porque no creo que se maquille los labios ni se depile con cera. Me acerqué sigilosamente a mi lecho y con un megáfono que me tocó una vez en la feria de mi pueblo, y que parece que los estaban regalando junto con una bolsa de pipas, lo encendí y ...


-¡Dan Lewis te quiero ahora mismo fuera de mi cama y de mi casa a la voz de ya! - grité al lado de aquel artilugio que si llega a estar un poco más cerca de su tímpano se lo hago trizas, pero como ya dije soy buena y caritativa.


Pegó un respingo de mi cama, y señalo lo de mi cama porque es mía. Lo sé, soy como Gollum en la película de El señor de los anillos pero defiendo lo mío con las uñas.


-Pero, pero ... ¡tú estás loca!. ¿Quieres dejarme sin tímpano quizás?, porque sino lo has conseguido poco te ha faltado - se quejó mientras se tocaba con su mano derecha la oreja afectada por los decibelios como si fuera a curársela de ese modo.


-No era mi intención dejarte sordo - dije desanimada por la reprimenda que me estaba echando - ¡pero si hubiera sido por mí te hubiera tirado ahora mismo por el balcón y haberte dejado sin nada!, se puede saber ¿qué diantres haces aquí?. Porque me lo llevo preguntando desde que vi tus pantalones en el suelo al otro lado de la cama.


Sí. No llevaba pantalones. Estaba con sus boxers. Los mismos boxers que llevó ayer a la cena y que no vi en todo el santo día, cosa que tampoco echo de menos, pero que cuando va al trabajo no para de fardar de ellos "mira son de marca, me los ha regalado mi madre, ha sido un regalo de tal, un regalo de cual, un caprichito de los míos ... bla bla bla", ¿a quien le importa?. Exacto: a nadie, o al menos en ese nadie me incluyo a mi misma aunque me quede sola.


-Pues verás. Ayer cogiste una borrachera de campeonato. No sabíamos si ibas a llegar sana y salva a tu casa, por eso te acompañé. Para que pudieras llegar con vida, o al menos para que no le privases de la existencia a los demás que van conduciendo por la calle. Las llaves de tu escarabajo las tienes encima de la mesa del salón y ... - siguió hablando pero no le hice ni caso.


-Cosa número uno: si voy sola quiero volver con la misma compañía, es como cuando tus profesores te dicen en las excursiones "no queremos volver ni con uno de más ni con uno de menos" y segunda cosa: ¡sólo yo llamo escarabajo a mi coche! ¿entendido?.


-De acuerdo. Una pregunta, porque ¿puedo hacértela no?.


-La vas a formular de todos modos así que adelante.


-¿Eres tan desagradable siempre Oliveira?.


-¡Vamos!, ni en mi propia casa puede llamarme por mi nombre de pila. Mira fuera no quiero verte más la cara ni los calzoncillos, así que tápate, te metes en el baño, te arreglas y te piras ¿vale?.


-Lo que yo te diga, eres una maleducada y una desagradecida que no sabe dar las gracias cuando alguien hace un favor por ti, y por los demás peatones y conductores que circulan por la ciudad claro.


Seguía hablando y yo seguía sin querer escucharle. Me entra por un oído y me sale por el otro como se dice normalmente. ¿Acaso no le podía dar las gracias?, ¿soy demasiado orgullosa como para hacerlo?. Verdaderamente me doy vergüenza pero la repugnancia que le tenía a Dan era superior a mi educación.


"Pero pídele perdón, pobrecito. Ha dejado de dormir en su casa para acompañarte hasta la tuya y que menos que dejarle dormir como se merece". Odio, odio que mi conciencia no me deje pensar con claridad pero ese era el lado caritativo de mi cabeza dentro de poco aparecería ... "Ni perdón ni nada. Lo que tienes que hacer es coger los vaqueros y tirarlos por el balcón. Que baje en calzoncillos y quede en evidencia delante de todo el mundo. Esto ha sido un allanamiento de morada en toda regla así que qué mejor forma de agradecérselo que así". Que menos podía esperar de mi pensamiento retorcido.







-Dan yo ... - lo iba a decir ¡no, no! no puedo, me odio, me doy asco, que poco orgullo tengo.


-¿Sí? - exclamó.


-Quédate a desayunar si quieres, que menos puedo hacer por ti - lo hice, me excusé como pude. Salí de mi habitación dirigiéndome hacia la cocina. Cogí dos tazas, eché un poco de café que tenía preparado desde hace días y agarré una bolsa de magdalenas que tenía arriba del todo en el armario al que yo llamo "el lugar prohibido" pero bueno como ya dicen una vez al año no hace daño, aunque en mi caso sean más veces. Fui al salón y me encontré a él sentado en mi sofá viendo la televisión. Que descarado ni me esperó siquiera para que yo hiciera los honores.


Puse en la mesa las tazas, las magdalenas que saqué previamente para ponerlas en un plato y me llevé también un azucarero para endulzar un poco aquel café que olía a gloria.


-Gracias - dijo.


-¿Qué? - no podía creer lo que oían mis oídos. No daba crédito.


-Que muchas gracias por ser tan hospitalaria conmigo después de no haberme invitado a tu propia casa - respondió sonriendo.


No pude evitar sonreír tras aquellas palabras que soltó por su boca. Para mí fue lo más bonito que me dijo desde que trabajé con él. Siempre estamos tirándonos los cacharros a la cabeza, como quien dice, y jamás pensé que llegásemos a llevarnos bien o a hablarnos bien siquiera.


-Hago lo que puedo.


Estuvimos viendo la televisión un buen rato. Estaba echando una película muy romántica. La verdad que no recuerdo el nombre sino el pequeño suceso que casi se produce con la presencia de Dan.


-Que tontonados son los de la película - dije haciendo referencia a los protagonistas de la película que no paraban de besarse y de tocarse en todo momento.


-¿Acaso no te gusta el romanticismo? - preguntó un poco extrañado. Seguramente sería la única chica a la que escuchó decir aquello. Sí, nosotras nos hacemos nuestra propia fama.


-Sí, además lo soy por muy raro que te parezca.


-Pues sí, demasiado raro para ser tú me parece.


-¿Así?.


Dejé la taza en la mesa de centro. Me fui acercando, ya que estaba en la otra punta del sofá aunque no fuera demasiado ancho, poco a poco a él insinuándome. Mis labios, que a leguas olían y sabían a café  cortado, se fueron acercando a los suyos pero sin tocarlos. Mi aliento y su aliento chocaban y cada uno notaba la humedad de su respiración. Mis ojos fueron cerrándose lentamente y los suyos estaban cerrados porque sabía lo que iba a ocurrir. Y ocurrió lo que me temía ...

martes, 22 de febrero de 2011

Llorar sin consuelo.

Hoy es uno de esos días en los que decidí levantarme de la cama, y que no debería haberlo echo. Siento cada vez que mis sueños se van alejando más y más. Que sólo queda vacío en mi interior, Que lo que me llenaba ha dejado de hacerlo para sentir un sentimiento de indiferencia.
He dejado de pensar en lo que me importa para pensar en lo que ya no importa. Me desperté una mañana de veintidós de febrero para brindarle al mundo mi felicidad y esta sensación de melancolía es lo que me ha devuelto.
Siento como un nudo se forma en mi estómago y como mi dolor de cabeza aumenta por momentos. "Mi vida ya no tiene sentido" - repite una y otra vez mi cabeza. No sé lo que no quiero hacer y mucho menos lo que quiero hacer. Quiero creer que esto es un día como otro cualquiera en los que te levantas con el pie izquierdo, pero cada vez siento que es una ilusión mía y que verdaderamente hoy ha sido el día que mi vaso se ha colmado.
Mis ojos ya no son los que eran. No son aquellas bolas de color marrón bordo. Han cambiado a un color que no se distingue por el mar de lágrimas creado en ellos. Mi sonrisa, aquella media luna cóncava, se ha convertido en algo que no podría describir con palabras, que sólo con mirarme al espejo puedo ver mi estado emocional es algo como un gesto apagado.
Me siento atada tanto de pies como de manos. No sabía que mi futuro académico pendiera de un hilo ni que me fuera a sentir tan mal como para no tener respiración, marearme o incluso tener tales diagnósticos sofocantes. Sufro una fuerte presión en el pecho que no me deja vivir.
Y soy consciente de que hay personas que se encuentran en peor estado que yo, pero no sé si eso me debe alegrar o si realmente merece la pena pensar en los demás cuando tu corazón es egoísta.
Parece ser que llegamos al mundo con la frase "no es oro todo lo que reluce" o al menos así me siento.
Mi cordura se escapa de mis manos y de mi cabeza.

Yo no sabía que mis días pudieran llegar a ser tan amargos . . . Que pudiera llegar a llorar sin consuelo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Mi primer día de resaca en lo que llevo de vida

Subí a casa casi a la velocidad con la que pasa un rayo esporádicamente por mi cielo. Cerré la puerta de un portazo cuando entré, por lo que deduje que mis vecinas "las más cotillas" se asomarían para ver lo que ha ocurrido a lo "radio patio veinticuatro horas". Me miré unas mil veces en el espejo: estaba espectacular. Lo siento pero no necesito abuela, tampoco la tengo, pero eso de echarme flores lo hago muy de vez en cuando porque me arreglo así como ya he dicho pero le añado algo más: muy de vez en cuando.


No sabía que tonos de sombra para los ojos ponerme, tampoco si ponerme un pintalabios que no desentonase mucho o si ponerme brillo para darle un toque de elegancia a la comisura de mis belfos. Conseguí por fin decidirme. Me pasé un lápiz de ojo por la linea interna inferior del ojo para intensificar y marcar mi mirada, me puse un poco de brillo en mis perfectos labios, me eché rimmel en las pestañas y así poco a poco fui maquillando mi monótona imagen de trabajadora mediocre.


Cuando ya finalicé me terminé de dar algún que otro retoque en el pelo, echarme la suficiente laca para  darle fuerza y resistencia a mi cabello e irme corriendo escaleras abajo sin precipitarme rodando por ellas, cosa que al pensar me parecía espeluznante sólo el imaginármelo. Cerré la puerta de mi respectivo hogar, guardé las llaves en mi pequeño bolso, bueno el de mi amiga que en ese momento estaba en mi posesión pero que no pertenecía a mi persona, y bajé cuidadosamente.


-Sigo diciendo que esta chica va siempre muy mona - como no mis vecinas cotilleando, ya ni se escondían, pero como dije hace días son unas encantadoras ancianitas que hablan sin maldad alguna.


-Buenas tardes señoras - saludé con una sonrisa de oreja a oreja.


-No ligues mucho niña que esta noche no queremos jaleo - sabía perfectamente a que tipo de jaleo se refería pero por mi parte no iba a haber ninguno.


-Sólo voy a una cena de empresa - le informé - y no se preocupe que no tendrá ningún tipo de problema con el ruido - contesté mientras caminaba para mi destino y volví a sonreír.


No comprendía porque estas señoras no estaban en cualquier canal en el que hablasen del corazón porque seguro que se iban a ganar sus merecidos sueldos. Incluso ganarían más que yo, que ya es decir, aunque no es que precisamente gane un "señor pastón". Sin más rodeos llegué a mi escarabajo azul, me subí, arranqué el motor y me dispuse camino a mi rumbo. Puse la radio y estuve escuchando alguna que otra canción que en ese momento era la más escuchada por los demás y la que más odiaba yo, no sé por qué, pero lo que sé es que la odio y punto. Recordaba cada calle para situarme en el lugar donde se encontraba el restaurante y donde seguramente estaban ya todos posicionados en sus lugares.


Para mi suerte al llegar, sólo encontré a mi jefa y a algún que otro compañero de trabajo, de los cuales desconocía el nombre aunque tampoco es que me importase mucho.


-Hombre si no es la tardanza personificada. Que elegancia se respira por barrio bajero dos - sí, mi jefa se refería a mi pero por un oído me entraba y por el otro me salía - parece que te han echado un bote de pintura por encima Oliveira.


-Creo que se llama maquillarse y lo de barrio bajera bueno ... tampoco es que gane un sueldo con el que me pueda permitir un chalet. Además no necesito nada de eso - le contesté de mala gana -, y ¿dónde están los demás? - pregunté al aire para cambiar de conversación y no mandarla bien lejos.


-No lo sé, pero como no vengan deprisa se quedarán sin entrar en el restaurante que tanto me ha costado.


Ella y su dinero ... me dan arcadas cada vez que menciona el "pastón" que se gana a costa de los demás, en ese demás voy incluida por desgracia. Su señoría manda y nosotros como buenos trabajadores obedecemos, estoy harta pero no me queda otra que seguir aguantando sus impertinencias.


Entramos en el restaurante y yo me elegí el sitio más adecuado para pasar una buena noche, o al menos más tranquila, sin contestaciones o preguntas desagradables: en la otra punta de la mesa. Sin embargo no me libré de que Dan se pusiera a mi lado para darme conversación, o mejor dicho, a lo que el llamaba conversación.


-¡Vaya! Que guapa Oliveira. Creo que nunca te he visto ir de ese modo vestida por la oficina.


-No, para nada. Esto son situaciones especiales - contesté para que dejase de hablar de lo mismo, este chico me agotaba y amargaba la existencia.


La cena estaba pasando por agua, debido a la lluvia que estaba cayendo, pero aún así me reí de vez en cuando, aunque no sé si decir si libre u obligatoriamente, pero lo hice sin más. De aperitivos comimos canapés variados, de primer plato trajeron unas porciones de solomillo de cerdo a la mostaza, de segundo crepés de champiñón y para rematar nos daban a elegir entre crepes de chocolate, tarta de selva negra o fondant de chocolate. El caso fue ponernos entre la espada y la pared. Tener que elegir de esas tres delicias uno ... pues era un poco a "mala leche" la verdad. 


-¿Os ha gustado el catering que he contratado? - preguntó mi jefa, aunque más que una pregunta era "como no digáis que sí os podéis dar por despedidos". Así que yo no dije nada porque para eso están los demás, para mojarse y yo pues aquí tan tranquila escuchando lo que decían los demás.


-A mi me ha encantado - dijo una chica que parecía que era nueva en la empresa porque no la había visto en mi vida. Que forma de despilfarrar el dinero en jovenzuelas que no saben ni encender un portátil.


-Yo sin duda he quedado encantado - como siempre Dan haciéndole la pelota a la superiora, que se pensaría él que por eso le iban a subir el sueldo.


-¿Y a ti Oliveira?, ¿qué te ha parecido a tí? - parecía que lo hacía con malas ideas. Me preguntaba para que le dijera "hombre has tenido un poco de mala leche a la hora de elegir tanta comida porque por tu culpa ¡me he saltado la dieta!".


-Bien, no tengo palabras - vale, no era eso lo que pretendía contestar, pero si no quería estar despedida ya me valía decir que era bueno, magnifico, increíble, único o tonterías de esas que se dicen para halagar, cosa que a mi no se me da nada bien.




-Bueno, pues esto no es nada para lo que nos espera. He contratado barra libre para todos así que podéis beber todo lo que queráis, para que después no digáis que soy buena - sonreía con esa media luna que tantas nauseas me daba al verla.


-¡Joder Giselle! No te ponía un piso porque ...


-Porque ya tengo una casa lo suficientemente grande que le da mil vueltas a las vuestras. Gracias por recordármelo Dan.


La odio, la odio, ¡la odio!. Por una parte me ha venido bien lo de la barra libre porque de esa forma me voy a poner como una cuba para olvidar la repugnancia que le tengo aunque mirándolo por el lado negativo dicen que "los borrachos y los niños son los únicos que siempre dicen la verdad" espero no irme mucho de la lengua hoy.


Todos nos fuimos a la barra de un bar que estaba en la otra punta de la calle pero que igualmente se podía llegar andando. Escogió una mesa al fondo para nosotros lo más alejada que pudiera para que tuviéramos libertad bebiendo y que nadie nos mirase con mala cara por ponernos como nos estábamos poniendo. Para mi sorpresa, Dan no bebió ni una gota de alcohol. Si acaso algún que otro licor, pero casi sin grados de alcohol o sin ninguno.  Yo sin embargo comencé con un ron, le siguió un whisky, un vodka, ginebra, tequila ... y algunas cuantas bebidas de las que no recuerdo actualmente pero que me bebí casi sin respirar. De ahí la cuestión de que no pudiera levantarme ni del sofá en el que estaba acomodada.


Pero eso no fue nada para como me levanté al día siguiente. A partir de las cuatro de la mañana, hora en la que por fin creo que me recogí porque como digo no me acuerdo de nada, no era persona. Lo que a mi me gustaría saber es como llegué a mi casa.


Me desperté de la cama con un grave dolor de cabeza, para mi suerte hoy era fin de semana, es decir ayer fue viernes, y hoy no tenía que ir a trabajar que si fuera así no sabría como ponerme en pie y ni mucho menos bajar hasta mi puesto de trabajo en el cual hubiera sido despedida si hoy tuviera que ir. Pero eso no es todo ... lo peor estaba por llegar. Intenté levantarme de la cama, para ello me ayudé de mis manos e incorporarme para poder salir de la cama con triunfo. Así hice, no me resultó fácil hacerlo pero lo conseguí. Al estar en pie fui directa al baño porque mi vejiga me estaba pidiendo a gritos ir al baño y no me extraña con la gran cantidad de beber que me pegué ayer mi cuerpo hoy estaba exhausto. Salí del baño, me froté los ojos para poder ver con claridad y al mirar directamente para mi cama no sé como no me dio un patatús al ver lo que había en ella, no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban divisando encima de mi propio lecho.

martes, 15 de febrero de 2011

Ansiado día de San Valentín ♥

San Valentín ¡jah!. El mejor día del mes de cada año para despilfarrar como un poseso/a, o mejor dicho para tener una excusa y gastar dinero, con fines románticos.



Que bonito ... Lo más bonito de todo es cuando llega la factura a casa y dicés ¡¡QUÉ!!, ¿pero no estaba rebajado?. Claro como lo pagamos todo con tarjeta pues ...

Lo de pagar al contado ya no es lo que era. Esa ilusión por tener el dinero en las manos y las babas cayendo por nuestros labios observando obsesionadamente aquel capital que poseían nuestras manos.

Ya se ha ido la magia. Recuerdo cuando mi madre, casi instantáneamente, salía de casa para ir a el primer centro comercial que encontrase a su paso y comprar el regalo más caro que pudiera echarse a la cara para tener feliz, y callado, a mi padre por unos días.



Lógicamente cuando llegaba la factura a casa es cuando saltaban las chispas entre ellos ... Y como ya habían pasado unos días desde que mi madre compró el regalo hasta que llegase aquella carta, en la que te hacía decir antes de abrirla "aquí está la multa ...", no podía descambiarlo por algo más barato o simplemente que le devolvieran el dinero.

Ya lo decía mi padre "tu madre y las tarjetas de crédito cuanto más lejos mejor", ¡qué razón!. Pero bueno dentro de lo que cabe la intención es lo que cuenta, o eso dicen. La intención es que mi madre le ha comprado a mi padre un regalo, que quiera o no ansiaba tener, pero que cuando lo tiene ya no le hace ni pizca de gracia tenerlo porque no sabe lo que le ha costado, aunque él siempre por lo listo que es pensaba que se iba a tener que quitar un riñón y venderlo en el mercado negro para pagar el despilfarro de mi madre.

Sí, así vivía mi padre. Acongojado cada vez que mi madre decía ¡feliz San Valentín! y le proporcionaba una bolsa en la que ponía el nombre de aquel famoso centro comercial que inventó este precioso y lucroso día. Lo mejor de todo era ver la cara de mi padre. Era una mezcla entre misterio y terror. Sí, una película como las de Rec, la última llamada, la niebla de Stephen King u otras en las que corría la sangre y había una abundante necesidad de utilizar alguna que otra sierra motora, cuchillo, navaja, pistola o cualquier otra cosa que eliminase nuestra existencia. Sin más rodeos y sin abrir ni siquiera la bolsa mi padre le preguntaba tembloroso a mi madre "¿cuánto te ha costado?" a lo que mi madre respondía "dinero" cosa que a mi padre le hacía tiritar y me pedía casi a gritos "¡Lena dame el móvil necesito llamar a urgencias para que manden una ambulancia que de esta no paso!" un tanto exagerado mi padre, además todos los años decía lo mismo lo que quiere decir que era una excusa para que mi madre devolviera lo que compró si no quería ir a su próximo entierro.



La esperada cena de empresa

Y se acercó la hora de volver a casa para ducharse, cambiarse de ropa a la velocidad de un rayo, secarse el pelo, maquillarse para ir un poco decente, cosa que no suelo hacer, e ir corriendo casi con la lengua en el suelo para llegar al maldito restaurante en el que todos y cada uno de nosotros reiremos, beberemos, comeremos como cerdos y saldremos borrachos como una cuba, bueno rectifico: ellos saldrán así.


Yo sin embargo estaré al lado de Dan, Marcela, Iván o cualquier otro, al que le pueda llamar compañero de trabajo, agarrándole con su brazo por encima de mi cuello para que no se caigan redondos al suelo y se puedan lastimar alguna articulación, algo que a mi no me concierne pero que lo hago por ciudadana caritativa y solidaria.


Subí corriendo las escaleras, y casi me mato o me como un peldaño, abrí la puerta casi a ciegas, no por lo oscuro que estaba el pasillo por supuesto. Entré en mi casa, solté mi bolso en el perchero y a la velocidad de la luz me fui quitando la ropa mientras caminaba al baño dejándola por el suelo para posteriormente recogerla. Me lavé el pelo lo mejor que pude para que quedase suave y sedoso, y me di todo lo rápido que pude con la manopla alrededor del cuerpo. Salí de la bañera y casi me resbalo por culpa del agua que había en el suelo y me caigo con las prisas. Rodee mi cuerpo desnudo con una de mis mejores toallas y envolví el pelo en otra para que se secase mientras me vestía. Abrí las puertas del armario y empecé a sacar todos los modelitos que tenía en él, por muy horrendos que fueran, me los fui probando uno a uno.


La primera tanda de conjuntos no me convencían mucho, las faldas no eran mi preferencia, los pantalones de tela tampoco me gustaban mucho y los vestidos que tenía eran demasiado cortos, tanto como para ir a una fiesta y no para presentarse a una cena de la empresa. Como sabía que mi vecina, con la que suelo irme por la noche a pubs y discotecas, tenía una serie de vestidos que me encantaría llevar a la cena para ir resplandeciente. Por lo tanto me puse lo primero que pillé y baje, con la toalla cubriéndome el pelo al piso de mi amiga.


Llamé a la puerta fuerte y continuamente, porque cuando yo hacía eso ella lo relacionaba con "me ha pasado una cosa que tengo que contarte muy importante", obviamente cada vez que hacía eso no bajaba con la cabeza envuelta en una toalla y creo que por eso llamé tan rápidamente, para no encontrarme con ningún vecino y que me sentenciase por aquella situación tan bochornosa. Abrió la puerta, como ya dije con gran velocidad, y al ver aquel marco de mí con el chándal de ir a correr los sábados por las mañanas y aquel pelo empaquetado en una toalla de seda hizo que mi amiga, que en ese momento la hubiera puesto en mi lista negra si la hubiera tenido a mano, se riera en mi cara por las pintas que llevaba.


-Pero ... ¡que haces así vestida! - seguía carcajeándose delante de mí y me entraron ganas de agarrarla del cuello y dejarla casi sin voz para que no salieran más risas bochornosas de su boca.


-Ahora te lo cuento ¡pero déjame entrar! - irrumpí en su casa de forma instantánea para salvar mi reputación en aquel bloque de pisos.


Fuimos a su habitación y allí sentadas en la cama le estuve contando "el problema" que tenía que solucionar cuanto antes sino quería llegar tarde también a la cena de empresa. Instantáneamente abrió las puertas de su guardarropa y al ver esa cantidad de ropa, zapatos y complementos un poco más y me desmayo. 


-¡Pero tú has robado un banco o algo! - le pregunté con los ojos como platos y las pupilas casi fuera de mis órbitas.


-Ja, ja, ja. Para nada, esto son trapitos solamente, la ropa de calidad está en otro lugar mejor guardada y conservada.


-¿Perdona? - seguía casi sin poder articular palabra, y menos aún con la barbaridad que acababa de escupir por la boca.


-Estás perdonada - me contestó con una sonrisa.


-Era una pregunta retórica para invitarte a la reflexión cacho de ...


-Bueno has venido para pedirme ayuda y yo te voy a ayudar.


Me estuvo enseñando sus mejores vestidos, me los estuve probando uno a uno y casi sin respiración me los quitaba y ponía cada vestido por segundo aproximadamente. Me gustaron muchos, y he aquí mi indecisión al tenerlos frente a mí y yo casi con la baba en el suelo tener que echarlo a suertes ... muy infantil por mi parte pero algo tenía que hacer para llegar a tiempo.


-Pito, pito, gorgorito donde vas tu tan bonito ... - continué hasta acabar esa canción que más que una cena de empresa parecía un concurso - pin, pon, fuera - así finalizó mi incertidumbre.


Me tocó un vestido de corte retro con un cinturón a la altura de la cintura para amarrarlo y que se notase como bailaba la falda del vestido. Tenía un hombro al descubierto pero el otro sin embargo estaba cubierto por una manga larga que llegaba hasta mi muñeca y que se cerraba debido a que tenía un elástico a su alrededor. Era de color negro con algunos detalles turquesa y tenía algún que otro adorno que podía quitar fácilmente si no me gustaba, algo que obviamente iba a hacer porque era horrendo. Me puse unas plataformas de color negro, que realzaba mi figura y que me hacía parecer mucho más alta de lo que era realmente, conjuntado con un bolso rectangular de mano en el que me cabía escasamente el móvil y el monedero, también del mismo color.


-¡Vas divina! - me halagó mi mejor amiga - esta noche seguro que ligas con alguien.


-Ya, eso quisieran ellos - nos echamos a reír al unísono - bueno ya es hora de que vaya marchándome y dando los últimos retoques para estar mejor todavía. ¡Voy a causar sensaciones!. Creo que con este vestido tan bonito puedo llegar a ser portada de mi propia revista. Bueno ... realmente eso es soñar demasiado, pero dijeron que de sueños vive el hombre y yo lo cumplo al pie de la letra - dije sonriendo.


-Lo que tienes que hacer es pasártelo bien, no hagas caso a tu jefa, a Dan menos y ve a tu aire sin hacer caso a las críticas.


-Vestida así no puedo recibir muchas críticas, pero no te preocupes que si eso ocurre tendré preparada mi mano para propiciarle a alguien una bofetada.


-¡Que violenta!.


-¿Me crees capaz de tal cosa cuando no mato ni a una mosca? - pregunté con hosquedad aunque esa no era mi intención, aunque el arqueo de mi ceja hizo que mi amiga se replantease la respuesta.


-No, claro que no. Sólo que creo que eres capaz de que se te vaya la cabeza y te pongas a dar tortazos a diestro y siniestro, eso no significa que lo hagas siempre. Y quien no rompe un plato, rompió una vajilla acuérdate.


Nos reímos al unísono. Esta conversación estaba siendo cada vez más absurda pero a la vez graciosa, aunque supongo que no tiene mucha chispa. Así pasamos casi cinco minutos hasta que me dí cuenta de que sino me iba rápido llegaría tarde. Porque yo y mi tardanza somos totalmente inseparables. Y mi torpeza, que no se olvide.

lunes, 7 de febrero de 2011

El día en el que Giselle no apareció por la puerta.

-Mamá cinco minutos más -  contesté al sonido del despertador que no paraba de sonar dándome el aviso de que o me levantaba o llegaría tarde como siempre.


A los cinco minutos de nuevo volvió a sonar, volvió a taladrarme los oidos con su "pipipiiii, pii, piiiiii" y yo con un leve pero casi expontáneo movimiento golpeé el pequeño botón que hacía que este volviera a callarse de una maldita vez.

Me costó la propia vida despertarme, pero más me costó asimilar que llegaba un nuevo día de trabajo y peor me sentí cuando leí en un posit en la nevera en el que sino recuerdo mal ponía "cena de empresa, ¡me encanta!". Obviamente esa afirmación de "me encanta" olía a ironía pura y dura.


Era la hora de mi desayuno de cereales integrales, un yogurt natural sin azucar, al que por supuesto le ponía una pizca de dulzura, y mi escritura matutina de Diario.


-Querido Diario: - como siempre que no faltase ese saludo tan formal y a la vez profesional que utiliza cualquier niña de diez años cuando quiere contar confidencias - hoy tengo cena de empresa ¡guay! ¿verdad?. Sí, te entiendo yo también estaría arrastrándome por el suelo como si de un reptil me tratase. El caso es que no tengo ganas de ir ¡pero tengo que ir! quiera o no. Tampoco sé que voy a ponerme, bueno sí que lo sé cualquier trapito que tenga en el armario colgado en perchas de madera. Por si anoche no te lo conté, Dan estuvo aquí. ¡Sí!, aquí. Y le deje entrar, maldita sea la hora en que lo hice pero mi conciencia me decía que si no lo hacía moriría en el Infierno, aunque creo que me están reservando alguna que otra plaza allí y supongo que mi jefa también tendrá otra la muy ..., a lo que iba. Estuvimos sentados tomando un zumo de naranja mientras me contaba su ruptura con África. Claro que yo ya lo suponía. No le veía ni una pizca de futuro a su querida relación abierta, es decir cornamenta para tí hoy y para mí mañana. Creo que más de una vez tuvieron que entrar por el garage para que pudieran caber por la puerta.

Sin más preámbulos me dediqué a escribir como una posesa, para mi suerte mi letra era minúscula y no llegué a escribir más de dos páginas. Dejé el cuenco en el fregadero y tiré el envase del yogurt a la basura. Recogí mi Diario y lo guardé en su correspondiente lugar: el cajón de mi mesita de noche.


Y aquí empezó mi operación salida inmediata de casa, casi rodando por las escaleras, por tal de no llegar ni un segundo tarde porque como siempre mi superiora estaría ojo avizor para regañarme por mi tardanza, lo sé muy dura pero mientras me pague en su debido momento puede parlotear todo lo que quiera.


Al llegar me encontré con la sorpresa de que no estaba en la puerta de la oficina esperándome como lo hacía siempre. ¿Le habrá pasado algo?, ¿se habrá dormido ella?. Preguntas sin respuestas rondaban mi cabeza.


-Dan ¿y Giselle?.


-No tengo ni idea, pero como esta noche es la cena de la empresa creo que estará atando cabos sueltos para que sea una noche inolvidable. Llámala si tanto te interesa saber donde está.


-No es que me interese o no - contesté de mala gana - pero como siempre está esperándome en el marco de la puerta para contar los segundos que llego tarde, me ha resultado raro no encontrarla hoy.



Así sin nuestra jefa trascurrió la mañana sin problemas, mandatos u otra clase de propuestas que nos hicieran al día. Como siempre laptop en mesa y manos encima de las teclas moviendo los dedos haciendo "click" cuando era necesario con el botón del ratón para enviar mails o cualquiera otra cosa, pero más feliz que nunca por la ausencia de mi señora jerarca, que siempre que podía rondaba las mesas, para ver si lo que estábamos era trabajando o haciendo el holgazán.